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Ante los ataques contra el Papa - Wilson Tamayo
miércoles, 28 de abril de 2010
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Es bien cierto el dicho que reza: “sólo se tiran piedras contra el árbol que da frutos”. Hemos sido testigos, en los últimos días, de la más virulenta y sistemática arremetida contra nuestra Iglesia, promovida, especialmente, por los grades medios de comunicación dada la actitud reprochable de unos pocos (¡y bien pocos!) miembros infieles que, es cierto, han incurrido en faltas repugnantes. Sobra decir que la Iglesia ha pedido perdón hasta la saciedad y ha atendido las víctimas de tan terribles pecados. Sin embargo, detrás de la falta de objetividad de los medios al presentar una idea generalizada de la Iglesia como “cómplice” de estas acciones se esconde una pérfida intención: socavar la autoridad moral de la Iglesia.

¿Importan, a los medios de comunicación, las víctimas? ¡No! ¿Alguno de estos medios se ha preocupado por seguir el proceso de ayuda a estas personas? ¡No! ¿Han comentado, acaso, los mecanismos que la Iglesia ha puesto para ayudar a estos seres humanos? ¡Muy poco! Y cuando lo hacen es para insinuar que no se ha hecho suficiente. Pareciera que quisieran ver a la Iglesia Católica arrastrada por el piso, con la cabeza abajo, amordazada, vendada y revolcándose cual cerdo en las faltas de estos, repito, poquísimos miembros infieles. En esta ofensiva contra la Iglesia y el Papa, no brota como primera intención el deseo de la verdad y la justicia. Detrás de estos ataques, más bien, se esconde una ideología, un odio, una saña contra la Iglesia.


Alguno contestará: “¡Ahora la Iglesia quiere ponerse como víctima! ¡Debería ser humilde y reconocer sus errores!”. Interesante, un comentario más movido por la emoción que por la razón. ¿Ha dicho la Iglesia que el cometer estas aberraciones está bien? ¡No! ¿Ha reconocido la Iglesia la falta de estos miembros? ¡Sí, y se ha lamentado cual madre desgarrada! ¿Humildad? ¡Sí, pero en la Verdad! La Iglesia no puede actuar guiada por lo que se diga en los medios masivos, sino, guiada por la verdad. Cualquier persona que sepa un ápice de medios de comunicación sabrá lo fácil que es manipular e impresionar las masas.


En el fondo la conclusión a la que se quiere llegar es: “¿Cómo puede hablarnos la Iglesia de moral, de defensa de la vida, de promoción de la dignidad de la persona, etc. cuando ella está “plagada”, “inundada” y “saturada” de personas que contradicen esto?” ¡Por supuesto! Una persona que vive sin ningún parámetro moral, exclusivamente guiada por las olas de su pasión y relativizando todo criterio de verdad,  encuentra en estas faltas de sacerdotes y miembros de Iglesia la perfecta excusa para quedarse en el fango de sus inmundicias, justificando sus pecados.


Empecemos por el principio: es falso que la Iglesia está “plagada, inundada y saturada” de este tipo de personas. Es innumerablemente mayor el porcentaje de gente buena que se desvive por el bien de la humanidad. El número de sacerdotes infieles no se acerca, si quiera, al 1%, y sin embargo se quiere “ensuciar” a “toda la Iglesia” con esto. ¿Son los médicos ladrones porque uno lo sea? Más aún ¿es la medicina mala porque algunos médicos no la representen dignamente? ¡Cualquier persona, con dos dedos de frente, sabría que no! Bien, lo mismo ocurre con la Iglesia: ni son todos los sacerdotes pedófilos, ni la Iglesia pierde su autoridad porque alguno de ellos falle. Es triste que falle un miembro de Iglesia, pero esta es la realidad de la Iglesia: pecado y gracia. Desde la misma fundación de la Iglesia tenemos a Judas Iscariote, a Pedro, y otros apóstoles que cayeron en infidelidades; unos se levantaron y vivieron en santidad, otros se quedaron en el piso y desesperados rechazaron la misericordia de Dios. Sin embargo, concebir la Iglesia como una institución meramente humana es un error. La autoridad de la Iglesia no proviene de la santidad de sus miembros (¡aunque sería maravilloso que todos lo fuéramos!) sino de su fundador: Jesucristo Nuestro Señor. Pongámoslo así: aunque todos los miembros de la Iglesia cometieran los más horribles crímenes, la Iglesia seguiría teniendo la autoridad de Cristo y el Señor seguiría obrando su salvación a través de ella. Sin embargo, digo esto para ilustrar, porque, como se dijo al principio, es bien fácil demostrar que es mucha más la gracia que el pecado que habita en la Iglesia.


Hay que decir, también, que detrás de todo este escándalo existe un marcado interés económico: atacar a la Iglesia, vende. Aprovechándose del dolor de las víctimas y de la Iglesia se llenan de dinero las arcas de los poderosos medios de comunicación que inoculan su veneno a nuestra sociedad y tienen su eco en los medios de comunicación “criollos” destinados a repetir como loros lo que estos primeros inventan.


Finalmente, haciendo eco del inicio de este artículo, debemos decir que los ataques seguirán, pues la Iglesia continuará dando frutos. Nos resta a nosotros defenderla con nuestra fidelidad al Señor Jesús y elevar nuestra voz, cual clamor en el desierto, repitiendo sus palabras: ¡Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella! (cf. Mt 16,18).

 

 

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